Tenía veinte años y todavía era virgen cuando Mason decidió que ya estaba harto de esperar.
Llevábamos exactamente cinco meses, tres semanas y dos días saliendo. Los contaba porque cada día con él era como caminar con un cable pelado bajo la piel.
Él tenía veintiún años, había vuelto de la universidad para el verano. Tenía sonrisas perezosas y esa voz grave y ronca que me hacía un nudo en el estómago cada vez que pronunciaba mi nombre: Ellie. Como si lo estuviera saboreando.
Esa noche mis padre