Estaba doblando toallas —las toallas de golf de Mark, que todavía olían ligeramente a hierba y protector solar— cuando oí el suave paso de sus mocasines sobre las baldosas del pasillo. Mi estómago dio ese vuelco familiar y culpable; no me giré. Seguí doblando, fingiendo que la pila necesitaba un alineado perfecto, fingiendo que el pulso no me estaba acelerando ya.
Al principio no habló.
Simplemente se acercó por detrás, lo bastante cerca como para que yo sintiera el calor de su cuerpo antes de