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La luna seguía allí, en lo alto, pero de a poco su brillo parecía estar menguando, la luna misma daba la impresión de estar encogiéndose, alejándose de su planeta madre.

Bill no tenía idea de que hora podía ser. Había perdido la cuenta de las horas que llevaba en vigilia y ahora, mientras caminaba, sentía como si sus piernas estuvieran hechas de cemento, o como si llevara un pesado grillete atado a cada extremidad.

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