Ella estaba allí, sosteniéndose solo con el último aliento que le quedaba.
El poder de ese fuerte puñetazo la dejó marcada.
—Realmente te subestimé demasiado, — dijo la mujer sacudiendo la cabeza con una sonrisa amarga.
Simón mantuvo con firmeza su postura de ataque, diciendo con calma: —Subestimar al oponente tiene un alto precio.
—Ya lo he pagado, pero los traidores también recibirán su respectivo castigo, — los ojos de la mujer se dirigieron hacia Leticia.
Simón sonrió: —Quizás no sepas, pero