En ese momento, Simón descendió como un verdadero dios del trueno.
Flotando en el aire, sosteniendo un enorme látigo de relámpagos, golpeaba con fuerza una y otra vez al gigantesco simio.
El simio bramaba y saltaba furioso en el suelo, pero no podía hacer absolutamente nada al respecto.
Con cada latigazo, el rugido del simio se convertía en un fuerte gemido de dolor.
Pero el terrorífico látigo de relámpagos no desaparecía aún de las manos de Simón, sino que crecía constantemente en gran tamaño y