Una fuerza invisible emanaba del cuerpo de Simón, rozando el cuerpo de Graciela.
Graciela recuperó por completo el conocimiento, mirando con terror al anciano, sin entender qué era realmente lo que estaba sucediendo.
—¿Puedo alojarme aquí?, —dijo el anciano con voz ronca y pausada.
Simón respondió con calma: —Lo siento muchísimo, pero esto ya no es un hotel.
—Oh, ¿y qué es entonces?
—La Catedral del Sagrado Dragón de Fuego.
—¿En serio? ¿Existe realmente el Señor del Dragón de Fuego?
—Esta tarde