Lucas seguía con la misma expresión impasible, pero se detuvo en seco.
En ese momento, Simón extendió con rapidez las manos frente a su pecho, y una intensa bola de relámpagos comenzó a formarse entre ellas, emitiendo así truenos ensordecedores.
El sonido de los cascos de los jinetes del desierto resonaba por toda la calle, y su imponente presencia hacía que Paloma se sintiera completamente indefensa ante esa fuerza tan abrumadora. Incluso pensaba que sus desesperados pasos la aplastarían en un