Sintiendo cómo su brazo y su arma se desvanecían en una niebla de sangre, Orestes lanzó un grito desgarrador, como el grito de un cerdo en el matadero.
—¡Ah… maldito bastardo!
—¿Quién diablos eres...?
Con el muñón sangrando de su brazo presionado cada vez más contra su cuerpo, Orestes miraba a Simón con una mezcla de horror y asombro, como si estuviera viendo a la misma muerte.
No solo Orestes estaba impactado por el poder de Simón, sino también sus hombres, junto con Efraín y Eulogia, que obser