Ciriaco frunció el ceño.
En ese momento, Práxedes, que había permanecido en silencio, se levantó de repente y, con una expresión de descontento, dijo: —¡Vaya, así que la mujer de Práxedes se atreve a aparecer con un hombre y en precisamente en público! Esto es una humillación para mí. Voy a ir a darle una lección a ese imbécil y a mostrarle a los Balderas quién manda aquí.
—Siéntate. — Ciriaco ordenó con voz autoritaria. Práxedes, a pesar de su disgusto, tuvo que obedecer y volvió obediente a se