Pancracio quedó completamente atónito. Era evidente que sabía que la situación no podía terminar de una manera tan fácil, pero en ese preciso momento, parecía que no había mejor opción que hacerse el desentendido.
Con un tono de voz lastimero, Pancracio dijo: —Hermano, soy solo un miserable estafador, ¡pero mi crimen no merece la muerte! Además, mírame ahora; verdaderamente ya estoy recibiendo mi castigo.
La verdad es que Pancracio estaba demacrado, con el cuerpo lleno de heridas, y parecía esta