¡Clac!
Adalberto, sin compasión alguna, azotó con fuerza al hombre de un solo golpe con el látigo.
Las púas del látigo se clavaron al instante en la carne del hombre, haciéndole sentir un agudo dolor punzante y desgarrador hasta lo más profundo.
Un grito feroz escapó de sus labios, y estuvo a punto de desmayarse.
Pero en ese preciso momento, las llamas sagradas del látigo emanaron una luz curativa que sanó al instante sus dolorosas heridas.
Sin embargo, el dolor penetrante aún persistía, hundién