Amparo miraba a Venerando con miedo, y dijo: — Basta! ¿No te remuerde la conciencia hacer todo esto?
En los ojos de Venerando, pasó una expresión indescriptible. Pero en ese preciso momento, Martínez ya estaba rugiendo, atacando ferozmente a Simón sin parar, sus puños cayendo como lluvia.
Simón, con una amplia sonrisa en la cara, movía ligeramente los pies en un espacio muy reducido, y con cada movimiento esquivaba sin gran esfuerzo los golpes de Martínez, sin ni siquiera intentar contraatacar.