Cuando vieron la incómoda situación, ambos refunfuñaron fríamente y cesaron su alboroto. En ese momento, sonó el teléfono de Simón y, al contestar, escuchó la voz ansiosa de Pedro al otro lado.
—Señor, no podemos detenerlos, ¡han comenzado a golpear fuertemente a la gente!
—¡No puede ser!
Simón se levantó furioso de golpe y salió hacia afuera.
Los demás se quedaron totalmente perplejos y lo siguieron. —¿Qué está pasando? —preguntaron.
—Un grupo de ancianos quiere entrar a la fuerza, dicen que es