—¿De veras?
—¡Ya te lo he dicho! Sólo Santos y Amaro tienen que ser eliminados. Una vez que los quitemos del camino, todo habrá terminado.
Iñigo, por instinto, se acercó a la máquina dispensadora de agua y llenó dos vasos con agua caliente. Le entregó atento uno a Simón y dijo: —Toma, bebe agua.
—Gracias.
Simón tomó el vaso, miró el contenido por un momento y luego levantó la vista, encontrándose así con la mirada de Iñigo. Al instante, Iñigo, con gran rapidez, volcó el contenido del vaso hacia