La puerta de cristal de la tienda tintineó suavemente cuando Nerea salió. En sus manos llevaba una caja de cartón con el icónico logo de la famosa tienda de donas de la ciudad. Sonreía mientras miraba al frente, incapaz de impedir que las comisuras de sus labios siguieran elevándose. Sus pasos se sentían ligeros sobre la acera, cada vez más cubierta por las sombras de la tarde. Pasó frente a una fila de locales comerciales y saludó con una sonrisa a varios vecinos que se cruzaron en su camino.