El domingo siempre tuvo cara de resaca moral para mí.
No resaca de fiesta, sino resaca del tipo "el mundo recuerda algo que pasaste toda la semana fingiendo que no existe".
Y el mundo, ese domingo, recordaba a las madres.
La mansión estaba demasiado silenciosa, con ese silencio caro de casa donde todo funciona porque alguien invisible ya hizo que funcionara antes. El sol entraba por los vidrios altos como si tuviera permiso, rayando el mármol impecable, y sentí la misma incomodidad de siempre: