~ MAITÊ ~
El auto negro nos seguía desde hacía por lo menos tres cuadras, intentando mantener distancia pero fallando miserablemente en ser discreto. Sus maniobras bruscas para acompañar nuestro ritmo eran tan obvias que hasta un niño lo notaría.
—Ni siquiera se esfuerzan en disimular —comenté, mirando por el espejo lateral mientras Livia conducía hacia el estudio de yoga—. Es como si quisieran que supiera que estoy siendo vigilada.
—Tal vez sea exactamente eso —respondió Livia, verificando el espejo retrovisor con una expresión tensa—. Intimidación psicológica. Mantenerte siempre recordando que no tienes libertad.
Suspiré profundamente, recostándome en el asiento del pasajero. La sensación de estar constantemente bajo vigilancia se había vuelto parte de mi rutina diaria, como cepillarme los dientes o tomar café en el desayuno. Pero eso no hacía la situación menos sofocante.
—Me siento como una prisionera —murmuré, observando las calles movidas de Córdoba pasando por la ventana—.