~ MAITÊ ~
Más de treinta horas. Ese fue el tiempo que duró nuestro viaje de regreso a Argentina, contando el vuelo internacional, las escalas interminables y las esperas en aeropuertos que parecían arrastrarse por una eternidad. Y durante todo ese tiempo, fuimos invadidos por un silencio que sofocaba.
No era el silencio cómodo que habíamos aprendido a compartir durante nuestra semana de paraíso. Era algo pesado, incómodo, cargado de todo lo que no se dijo y de todo lo que no podría decirse. Intercambiábamos solo frases cortas y educadas —¿Quieres agua?—, —¿Estás cómoda?—, —Gracias— pero nada más allá de eso.
Podía sentir la tensión irradiando de él a cada minuto que pasaba, como si estuviera constantemente al borde de romper esa barrera de silencio e intentar convencerme nuevamente. Y yo me mantenía rígida, mirando por la ventana del avión o fingiendo dormir, porque sabía que si lo miraba directamente, toda mi determinación podría derrumbarse.
La burbuja de paraíso que habíamos con