Los muslos de Cassandra caían sobre los hombros de Angelo, sintiéndose atrapada y libre al mismo tiempo… El rostro de él, perdiéndose entre sus piernas.
Dudó por un instante, dudó en tocar a ese hombre… Pero finalmente sus manos se aferraron a la cabellera de ese apuesto italiano.
Reclinando su cabeza, la mirada de ella se perdía en el techo blanco de la habitación, a la vez que mordía levemente su labio inferior tragándose sus gemidos.
"¡Ah! ¡Maldición! ¡Qué… Se siente tan caliente…! ¡T