La luz del día gris se filtraba a través de las grandes ventanas de la elegante casa de Francesca en Florencia, iluminando con suavidad la habitación. Sin embargo, el ambiente era tenso.
Francesca y Cassandra estaban de pie en medio de la sala, rodeadas de muebles finamente decorados.
—¡No puedes hacerme esto, Francesca! —dijo Cassandra, su voz temblando de inquietud—. Tenemos que ir por Angelo y Antonio. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras Marco planea algo horrible…
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