No fue muy lejos. Su oficina estaba dos pisos más abajo y, para cuando llegó, él ya estaba detrás de ella; había subido por las escaleras en lugar de esperar el ascensor.
—Stacy.
Ella siguió caminando. Llegó a su puerta. No la cerró antes de que él también entrara.
—Dame cinco minutos —dice él.
—Te di cinco horas esta mañana —responde ella, sin darse la vuelta—. No las aprovechaste.
—Lo sé.
—¿Ah, sí? —Por fin se gira hacia él. Su voz suena neutra, lo cual resulta, de algún modo, peor que si no