Nathaniel no esperó a que se enfriara el asunto de la auditoría. En cuanto colgó la última llamada con los abogados y nos quedamos solos en el piso treinta, cerró su maletín de cuero de un golpe seco, levantó la vista y me clavó esos ojos grises con una intensidad que me hizo cosquillas hasta en los dedos de los pies.
—Guarda tus cosas, Scarlett —ordenó, rodeando el escritorio con ese paso firme que siempre me desconcentraba la vista—. Iremos a celebrar tu gran trabajo.
—¿Me está invitando a