Llegar al piso de la suite fue una odisea de risas ahogadas y pasos tambaleantes. El pasillo parecía una pista de patinaje sobre hielo. Yo iba colgada de su brazo, tropezando con mis propios tacones, mientras Nathaniel intentaba mantener la dignidad de un magnate con cuatro whiskys de más en la sangre.
En cuanto cruzamos la puerta de la Suite Presidencial, me quité los zapatos de un tirón y, sin pensarlo dos veces, corrí hacia la enorme cama rey y salté sobre el colchón de plumas.
—¡Libertad