—No me voy a ir hasta saber algo de Ximena — dijo Connie porque en verdad le preocupaba la salud de la niña que en tan poco tiempo ya se había ganado su corazón.
—Pero mi amor, debes estar cansada — insistió Gabriel.
Connie no estaba dispuesta a irse, no solo porque genuinamente estaba preocupada por la niña, sino porque tampoco quería dejar a Gabriel a solas con la hurraca.
Sonrió para sus adentros al llamarla “urraca” siempre le parecieron feos esos pajarracos negros y la voz de Laura le re