MAX
Sus ojos se endurecieron en el instante en que lo procesó. Mis manos todavía en la cintura de Bianca, la camiseta húmeda pegada a sus curvas, el vapor aún enroscándose desde la puerta abierta de la ducha detrás de nosotros. En segundos, había catalogado cada detalle condenatorio.
Antes de que pudiera intentar una explicación, Bianca se enderezó.
—Ellie —dijo—. ¿Qué estás…?
—Te hice una pregunta —gruñó—. ¿Qué demonios están haciendo ustedes dos?
Algo en la forma en que hablaba me quemaba la