Habían pasado varios días, en los que no habían tenido contacto ni por mensaje. Para colmo, se había atravesado el fin de semana y era una regla implícita que, durante tiempo en casa, no se mandaban ninguna señal de vida.
Ya el lunes por la mañana, Ricardo fue quien envió el primer mensaje, justo antes de entrar a trabajar.
—Hola mi niña, ¿cómo estás? —le encantaba su apodo, que, aunque no era mucho menor que él, le había gustado ese apodo cariñoso desde el principio.
—Hola amor, bien ¿y tú? —l