DE LA ANSIEDAD AMOROSA (3)

Nos engañamos mutuamente. No había muralla que contuviera esa pasión ardiente y loca. Ahí nos encontrábamos, en el lugar donde éramos humanos, donde no existían las luchas, los resentimientos o las peleas. Al filo de la madrugada, bajo las cobijas y al calor de nuestros cuerpos pegados, posó sus labios en el lóbulo de mi oreja y fue recorriéndolos a lo largo de mi cuello, mientras yo sentía con delicia su deseo crecer entre mis nalgas, su respiración más fuerte y agitada. Bajó lentamente el camisón que me cubría y contempló a la luz de la luna mi desnudez de diosa. Continuó besando mi cuello y yo, presionando suavemente mi trasero contra él, sumida en la más profunda excitación, imaginaba su boca que provocaba estallar de besos y excesos, ver dónde se escondían allí su lengua, el goce, las palabras, la felicidad. Me e

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