El portón de hierro se cerró tras ellos con un chirrido metálico que a Abby le sonó como la sentencia final de un juicio que jamás había pedido. El auto avanzó por el largo camino de grava que conducía a la mansión MacGregor, un edificio de piedra que imponía respeto y miedo al mismo tiempo. Era majestuoso, frío, perfectamente calculado para intimidar.
Evan descendió primero, como si la casa le rindiera pleitesía, y luego esperó a que ella saliera. Abby lo hizo con movimientos rígidos, sujetand