Evan salió del probador con el mismo aplomo con el que entró, abrochándose los puños de la camisa. Su expresión no dejaba espacio para dudas, ni para preguntas. Sin siquiera mirar a los vendedores, ordenó con voz firme que pusieran todo en su cuenta. La encargada, visiblemente nerviosa, asintió sin chistar. Abby apenas alcanzó a recomponerse y alisar el vestido que acababa de probarse; su piel aún ardía, y no sabía si era por vergüenza o por algo que no quería admitir. Se cambió en silencio. Cu