Mundo ficciónIniciar sesiónHuelga decir que el pobre Hugo tuvo que soportar otra tanda de lágrimas y medias palabras, y gastar otra caja de pañuelos descartables en mí. Cuando fui capaz de callarme, para variar, me palmeó la mano sonriendo.
—¿Lo amas, querida?
Asentí muy seria, sonándome la nariz.
—Ése en el pasillo era él. ¿Amas también esa parte de él?
—Sí. Todos tenemos nuestro carácter. ¡Pero no puede venir a decirme que me ama con otra mujer en su cama!
—¿Por qué no? El sexo no t







