Mientras tanto, el coche seguía avanzando sin control.
Sabrina se movía en los brazos de Sebastian, llorando y gritando. En cambio, él no estaba asustado en absoluto. Se limitó a sujetar a Sabrina fuertemente con un brazo antes de agarrar el volante con el otro. Sus finos labios susurraban tranquilizadores en los oídos de Sabrina: “No te asustes, no tengas miedo, estoy aquí. Suelta el acelerador”.
Al escuchar esto, Sabrina empezó a tranquilizarse.
Al principio, ella ni siquiera se atrevía a