Al oler la comida, a Sabrina, que ya tenía hambre, se le abrió el apetito. Se sentó y vio que Sebastian se sentaba frente a ella.
Sabrina se quedó sin palabras. ¿Iba a comer con ella? No le importaba. Se sintió obligada.
“¿Por qué te sientas? ¡Sírveme un poco de estofado!”, ordenó Sebastian, con una expresión inmutable.
“Ah”. Sabrina se levantó obedientemente.
Él la miraba sin emociones, haciéndola sentir ansiosa. Su mano temblaba mientras servía el estofado, haciendo que salpicara en la mes