—¡Francene, qué bueno que por fin decidiste volver a casa! ¿Acaso sabes el problema que has causado? —me reprendió mi padre en cuanto me vio.
—Tío, por favor, no regañe más a Francene. Ya no pasa nada. Ya arreglamos las cosas —intervino Levi de inmediato para defenderme.
Mi padre se aclaró la garganta y no dejaba de alternar la mirada entre los dos. Era evidente que aún quería sermonearme por lo ocurrido y por mi comportamiento durante los últimos días, pero, por la petición de Levi, se contuvo