Mi madre apretó los labios, herida por mi sarcasmo, pero no tuvo el valor de contradecirme. Ambas sabíamos la verdad, aunque ella prefiriera maquillarla con piedad. Bajé la mirada hacia mis manos; estaban pálidas y temblorosas.
Había esperado. Dios, cómo había esperado.
Había resistido el asedio de Luca y las preguntas con la absurda esperanza de que, en cualquier momento, el cielo se teñiría de negro y él aparecería. Que irrumpiría en esta casa con la violencia de una tormenta, que destruir