Gerald sostenía la mano de su esposa, mientras Elsa la examinaba. La doctora frunció los labios.
—¿Sucede algo malo? —indagó con el semblante lleno de preocupación él.
—Habla por favor —suplicó Myriam, quién había recobrado el conocimiento minutos antes.
La ginecóloga se aclaró la garganta.
—Myriam, te alteraste demasiado, y eso en tu estado no es bueno —recomendó Elsa—, llegaste con la tensión muy baja, además tu embarazo es de cuidado —informó.
—Seguiremos al pie de la letra tus rec