Me rio por el último recuerdo que me dice Santiago, sobre nuestros tiempos de adolescencia. Él se levanta, ofreciéndome su mano. La miro sorprendida y giro mi rostro para ver a mi esposo, que lleva observándonos con esos ojos oscurecidos desde hace más de lo que hubiera pensado que soportaría antes de intervenir.
O quizás es porque realmente no le importo.
―Bailemos una canción, por los viejos tiempos ―propone.
Esbozo una sonrisa, mirando a Santiago y acepto su mano asintiendo con mi cabeza.
Cua