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Su atención volvió al presente cuando sintió la mano cálida de la esposa de Roger tomando la suya con delicadeza. Era un gesto reconfortante, como si intentara calmar no solo a su marido, sino también a ella. Qué dulce, pensó Maya, mientras los observaba. Era evidente cuánto se amaban.
—Me convertí en un mendigo —dijo Roger, retomando su historia con la voz algo quebrada—. Vagaba por las calles. Incluso te vi el día en que la familia Wood te adoptó. Te observaba desde lejos… hasta que conocí al