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Maya se quedó en silencio. Él seguía mirando al vacío, pero de pronto giró su rostro hacia ella. Le acarició la mejilla con ternura, y su mano se deslizó hacia la nuca, acercándola lentamente hasta que sus labios se encontraron.
Al principio fue un beso suave, reconfortante… pero pronto se volvió más profundo, más intenso, hasta que ambos se separaron, sin aliento.
Maya podía ver el deseo ardiendo en los ojos de su esposo. Lo sentía en cada fibra de su cuerpo, como si todo el calor de su sangre