Don Raúl la observaba llorar, desconsolada e ingenua, sintiendo un renovado sentido de compasión. Extendió su mano y tomó la de Aitana, revelándole lo que Alonso había descubierto.
—Antes, ¿te llamabas Aitana Zaragoza?
Aitana frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes? Mi nombre era Aitana Zaragoza, pero después de que mi madre se casó con mi padre actual, adopté el apellido Lancaster, pero...
Aitana mordisqueó su labio, mirando a Don Raúl.
—¿Cómo lo supiste?
Era, por supuesto, gracias a la investigación