Al ver a Lucas acercarse, ambas mujeres se sintieron culpables, temiendo que él fuera a reprocharles, y permanecieron temblorosas, sin atreverse a hablar.
—Sr. Hernández, yo... no lo hicimos a propósito.
—Olvídate de eso, responde a mi pregunta, ¿cómo es la herida? —Lucas preguntó con impaciencia, su tono frío y exigente.
El imponente aura del hombre atemorizaba a las dos jóvenes, quienes no se atrevían a contradecirlo y se apresuraron a describir lo que habían visto.
—Está aquí, una herida larg