Sin embargo, la razón le decía a Lantit que si hacía eso, seguramente Lucío comenzaría a detestarla.
Lantit solo podía reprimir ese pensamiento, pero en su mente, seguía maquinando cómo alejar a Ana de Lucío.
Lucío, observando el semblante pensativo de la chica, no le dio demasiada importancia. Más bien, la consoló diciendo:
—Seguro que tendrás la oportunidad de ir en otra ocasión. ¿Qué te parece si te llevo después del trabajo?
—¿Qué gracia tiene ir sola? Mejor vamos a casa.
Lucío, resignado, s