Ana y Adelina llegaron en coche al estudio de tatuajes, recomendadas por un cliente habitual, lo que les ahorró la espera en la fila. El ambiente era tal como lo describieron: profesional y nada sombrío, a diferencia de lo que Ana había imaginado anteriormente.
Ana se tranquilizó bastante. Tras una pausa, su hesitación hizo que Adelina se diera cuenta de algo. Adelina tomó la iniciativa de salir a sentarse afuera, dejando sola a Ana con el tatuador.
Para evitar cualquier incomodidad, la persona