Al llegar a un lugar donde nadie podía verlos, Ana pellizcó con fuerza el brazo de Lucas, haciendo que el hombre frunciera el ceño en señal de dolor e incomodidad.
—¿Qué pretendes? ¿Asesinar a tu propio esposo?
Ana se quedó sin palabras.
—Te dije que me esperaras en un rincón donde no hubiera gente, ¿y qué haces? Ahora todo el mundo en la empresa sabe de nuestra relación.
—¿Y qué más da? Somos un matrimonio legítimo, no una relación clandestina. ¿Acaso te hice pasar vergüenza?
Al ver la cara ins