Caricias de chocolate |AFL 2|
Caricias de chocolate |AFL 2|
Por: D. E. Liendo
1.

Observo los rostros de mi familia, apretando los puños bajo la mesa. Familia, qué chiste. ¿Cómo tu propia sangre puede disfrutar de causarte dolor? Como mi padre, que sonríe en victoria al ver mi gesto fruncido por la rabia.

No, no es rabia. Es dolor, decepción. Observo a mi hermano mayor, Mauricio, quien aprieta los labios y me mira con pesar como si no acabase de quebrantar un sueño que creamos juntos.

Una ilusión que él plantó en mí.

Cuando papá me ceda el puesto, no volverá a joderte” prometió.

—Son unos hijos de puta —mascullo y mi hermana menor, Montserrat, cierra los ojos. De nuevo, mis ojos van a Mauricio—. Gracias por el increíble regalo de graduación que me estás dando, hermano.

La ironía en mi voz le hace respirar hondo. No tengo por qué quedarme en la mesa, así que me levanto para encerrarme en mi habitación.

—Sebas —advierte Mauricio, pero yo le miro con el profundo odio que siento hacia él en estos momentos.

—No quiero oír tus pendejadas, señor Díaz. Pueden hacer los que les dé la pinche gana —grazno, dándome media vuelta para continuar con mi camino.

—Muy bien. Ya dieron su m*****a información, ahora se largan de mi casa —escucho a Montserrat decir—. Y tú, Leonardo Díaz, no vuelvas a pisar este lugar nunca más. No eres bienvenido aquí.

Abro la puerta con fuerza, generando un eco del golpe que se da contra la pared. Le doy un fuerte manotazo para cerrarla, ocasionando otro fuerte estruendo. Mis manos van a mi cabeza y niego con la misma, sin poder creer que en serio no voy a poder ser parte del negocio familiar.

Me negó, al menos, la oportunidad de intentarlo.

Soy un buen pastelero, ¡por un demonio que lo soy! Me partí la madre para serlo, estudié más que nadie, me desvelé, dejé de vivir mi vida para sobresalir y aprender. Pensé que así, él vería que no vale la pena llevarme la contraria y me dejaría trabajar junto a mi hermano.

Sin embargo, lanzó todo por la borda. Mis sueños y aspiraciones, el hecho de poder estar en el mismo lugar donde vi a mi mamá ser feliz.

El restaurante lo es todo tanto para mis hermanos como para mí. Es Leonardo Díaz quien solo ve billetes verdes y nada más, porque es un ser ruin y ambicioso que solo le importa él y su cochino dinero, las apariencias. El qué dirán.

Mi respiración está agitada de tanto caminar de aquí para allá como un león enjaulado. Mi hermana se abre paso en la habitación con inseguridad y un poco encogida de hombros, su cara de tristeza y lástima no es lo que necesito en este momento.

—Sebas… —habla, pero yo niego.

—Pueden irse todos a la chingada. ¡Mauricio, padre y tú! ¡Todos! —estallo, señalando la salida.

—No te permito que me hables de esa manera, cabrón. ¿Es que acaso yo te he hecho algo? —Gruñe entre dientes, tomando mi barbilla entre sus dedos con un poco de rudeza—. Sé que te duele, que estás furioso. Lo entiendo, pero debes seguir demostrando tu valía. Eres un gran pastelero, Sebas, cuidado si no eres el mejor de Ciudad de México. Así que no te me achicopales por el imbécil de Mauricio.

—Por mí puede meterse Fraga por el cu…

—No te permito que le faltes el respeto al negocio. Sabes muy bien el valor que tiene para nosotros tres, no digas algo que pueda dolerte después —me interrumpe, alejándose de mí—. Tú y yo estamos solos contra el mundo, Sebas. Y seremos capaces de callarles la boca al idiota de Mau y a nuestro padre.

Me quedo en silencio y ella hace una ligera mueca triste con su boca, acariciando mis mejillas para limpiar las lágrimas que no sentí derramar. Me da un leve empujón luego y frunzo el ceño.

—Ahora, no quiero que la cagues en el nuevo trabajo solo porque ellos esperan que seas un fracaso. Sé el mejor, escala allí. Cállales la boca a los dos, ¿entendido? —me habla, alzando una ceja.

Cierto, el nuevo increíble trabajo (nótese la ironía) que Mauricio me consiguió para no tener remordimientos de conciencia. Vaya pendejo, pienso.

—¿Entendiste, Sebastián? —pregunta, trayéndome de vuelta a tierra.

A veces veo a Montse y siento que ha tomado el rol de madre. Le ha tocado ser así, fuerte y decidida, en una familia de hombres. Sé que no seré el único al que le quiebren los sueños, luego irán por ella.

Haré todo lo posible para que no le hagan lo mismo que a mí. Yo sí cumpliré mi promesa.

—Sí —mascullo.

—Mañana es tu primer día, así que arregla tus cosas. Y ya sabes, demuestra que eres un Guerra también —me recuerda, acariciando mi mejilla—. Descansa, middle brother.

Ella sale de la habitación y yo me siento en el filo de la cama, cabizbajo. La sonrisita petulante de Leonardo Díaz me viene a la mente e imagino quitársela de un solo puñetazo para sentirme mejor. Sin embargo, sé que nada lo hará.

La sensación de que hay alguien más en la habitación me obliga a alzar la vista, encontrando a Mauricio recargado del umbral de la puerta. Está vestido de traje, como siempre, y su cabello rizado lo lleva un poco largo. Tiene una mano metida en el bolsillo y la mandíbula tensa.

— ¿Qué quieres, Mauricio? —pregunto, levantándome para darle la espalda.

—Vengo en son de paz, quiero hablar contigo…

—No andes con mamadas, hermano —lo último lo digo con ironía y escucho que suspira—. ¿Por qué permites que me haga esto? Tú sabes muy bien lo que daría por trabajar en el restaurante. Mamá no era de la familia fundadora, pero se dedicó a ello tanto que nos los transmitió a nosotros. Sabes que sin ella, no seríamos chefs.

—Lo sé. Juro que quería darte el puesto, pero él…

— ¿Y qué demonios pinta él en el restaurante si tú eres el dueño? —gruño, encarándolo.

—Pinta y lo sabes. Tiene a la junta directiva en sus manos aún y ni hablar de que solo me dio el título de dueño por apariencias. En realidad, no lo soy —me recuerda—. ¡Eres mi hermano, carajo! Sé que eres un excelente pastelero y yo quisiera tenerte allí, que conformemos el sueño que siempre tuvimos: crear Fraga Desserts.

—Sin embargo, terminaré trabajando en una pastelería de poco prestigio —le recuerdo.

—Es la mejor pastelería de la ciudad, así que no vengas con que no te conseguí un buen empleo. Él estaba furioso por ello y aun así lo hice —me dice, acercándose.

— ¡Uy, pues bravo! —alabo con ironía, aplaudiendo—. ¡El hermano del año, wey! Pasa por recepción y se te dará tu premio.

—Sebastián, estoy buscando la forma. Lo juro. Sin embargo, no puedo hacer nada en estos momentos —murmura—. Eso no significa que me quedaré de brazos cruzados con tu situación. Tendrás tu pastelería y trabajaremos juntos. Lo prometo por ella.

—No hagas promesas en su nombre, mucho menos las que sabes que no vas a poder cumplir por cobarde —mascullo entre dientes.

—Sebastián… —suspira, acariciándose la sien y mirando hacia el suelo—. Solo no quiero que me odien. Ni tú, ni Montse. Son lo único que me queda.

—Lárgate —farfullo, dándole la espalda de nuevo—. Tengo que arreglar mis cosas para mañana ir a mi increíble empleo —ironizo.

Escucho su respiración pausada por unos segundos y luego el sonido sordo de sus pasos desaparecer, luego de cerrar la puerta. Me dejo caer de nuevo sobre la cama, suspirando.

¿Por qué hacerme esto a mí? Leonardo con su estúpida idea de que ser pastelero es lo mismo que ser un marica me está arruinando. He visto tantos chefs pasteleros homosexuales como heterosexuales. No podemos definir al ser humano por su empleo, ni por ningún aspecto de su vida.

Pero claro, ¿qué puedo esperar de un hombre machista, homofóbico, clasista y mujeriego?

—Ojalá mamá estuviera aquí —murmuro y restriego mi rostro con las manos.

***

Salgo del carro, dando un portazo. Me quito las gafas de sol, sonriendo al escuchar a Mauricio gritarme “cabrón” con molestia y observo el edificio pequeño frente a mí.

Pastelería “Dulce tentación”. Una puerta de vidrio y ventanales con cortinas blancas y gruesas es todo lo que veo, tal vez porque llegué temprano. El letrero pequeño aún dice cerrado, pero igual me acerco.

La puerta se abre cuando estoy a pocos pasos, dejándome ver a una mujer joven y menuda frente a mí. Sus ojos destellan timidez y sus mejillas se sonrojan un poco al verme, no sé si por mi altura o por el atractivo.

Tal vez son ambas.

—Disculpe, señor… Aún no abrimos la pastelería —me dice, confundiéndome con algún tipo de cliente.

—Lo sé, pero no vengo por eso. Soy Sebastián Díaz —me presento con neutralidad, cruzándome de brazos.

—Oh, el nuevo pastelero. Disculpe, no sabía que era usted —habla, mirándome de arriba abajo y luego me sonríe, incómoda—. Pase adelante, señor Díaz.

Cuando entro, observo el lugar. Tiene muchos anaqueles y mostradores. Hay varias personas dentro, organizando los postres en los mismos y se ven un poco atareadas.

—Por aquí está el área de la cocina. Usted estará a cargo de la pastelería junto con otra compañera, quien es la jefa de todos en el lugar —habla mientras yo observo todo mí alrededor. Hornos inmensos, un montón de batidoras KitchenAid y muchos implementos más. Todo en orden—. Oh, que maleducada soy. Me llamo Elena.

Afirmo con la cabeza para que sepa que le escucho, aunque no le miro. Camino por el lugar mientras me explica los horarios, días libres y mis labores.

—Buenos días, gentecita linda —una voz aguda, un poco ronca, captura mi atención.

Me giro para encontrar la fuente de la voz, encontrándome con una muchacha muy atractiva. Su tez es pálida y combina muy bien con sus ojos y cabello castaño. Es de estatura promedio y la sonrisa que decora su rostro para que se lo partirá en dos en cualquier momento.

Luego, se fija en mí.

— Ah, usted debe ser el nuevo. Bienvenido a la familia. Soy Federica.

Suelto una ligera risa y me cubro la boca con el dorso de la mano. Ella rueda los ojos, pero se ríe también. No puedo evitarlo, es que tiene nombre de anciana.

—Sí, lo sé. Un nombre maravilloso —ironiza—. Iré a cambiarme y los quiero manos a la obra a todos.

Se da media vuelta y no puedo evitar recorrer sus piernas con esos jeans ajustados que se carga. Se ve que están entrenadas y ni hablar de como se le ve el trasero, con los botines pequeños que calza se le estiliza más.

—Uhm, ella es la chef pastelera. Y bueno, como le decía… A veces no se dan abasto allá afuera, es por eso que ayudamos a los vendedores con los clientes cuando aquí no hay mucho trabajo.

— ¿Perdón? —pregunto, alzando una ceja—. Yo vine aquí a trabajar como pastelero, no de atención al público. Conmigo no cuenten.

—Pero, señor Díaz, es una colaboración que…

—He dicho que no —le digo, cruzándome de brazos. Ella se encoge de hombros y asiente con lentitud, apartando la mirada cuando sus ojos se cristalizan.

—Debo empezar a trabajar —se excusa, chocando su hombro con el mío sin querer—. Disculpe.

—Patético —murmuro para mí mismo.

—Eh, novato.

Volteo en dirección a la ya reconocida voz, alzando una ceja ante su apodo. Me acerco hasta quedar a su alcance y ella se endereza en el lugar.

—No hay muchos uniformes, así que espero este te quede —me dice, entregándome las prendas negras—. Estaré a cargo de supervisar tu trabajo y realizar observaciones sobre tu desempeño laboral. Ya sabes, si pasas los 15 días de prueba: tienes la plaza fija como mi ayudante.

—Ya va, ¿qué? ¿15 días de prueba? —Pregunto y ella afirma, como si fuese lo más normal del mundo—. ¿Estás tomándome el pelo, verdad?

—No suelo hacer bromas sobre el trabajo, uhm…

—Sebastián —respondo—. No puedo estar a prueba, esta es la plaza fija. Mi hermano…

—Si tiene algún problema, háblelo con quien le consiguió este empleo entonces, que al parecer es su hermano. En lo que a mí concierne, usted está a prueba. Como todos al empezar —me dice, caminando por mi lado.

—No. Ustedes no saben todo lo que me he matado estudiando para que vengan a decirme a mí, Sebastián Díaz, que estoy a prueba. ¿Acaso tienen idea de con quién están hablando? —gruño, siguiendo sus pasos. Sin embargo, ella sigue actuando con normalidad.

—Sebastián, todos nos quemamos las pestañas para estudiar lo que amamos e igual estuvimos 15 días a prueba. Llevo 3 años aquí y todos pasamos por eso, no te afliges —me dice al encararme, acariciando mi hombro en forma de consuelo—. Sé quién eres. Me lo acabas de decir. Además, tengo entendido que te graduaste hace poco como chef pastelero y tienes 25 años, ¿necesito saber si estás soltero o casado? Aunque a mí no me importa.

—Soltero —mascullo, dándome media vuelta para ir al baño y cambiarme la ropa.

—Oh, ¿aún vives con mami y papi o solo? —grita, haciéndome encoger de hombros de la rabia.

Las manos me tiemblan cuando estoy en el diminuto espacio. Me despojo de la camisa negra y de la camiseta blanca que uso debajo. Me coloco la filipina y el gorro negro sobre mi cabeza y me reencuentro con la cocina más concurrida.

—Bien. He revisado los anaqueles y estamos sin tiramisú, hay que hacer más galletas y mini brownies. Tú y yo nos encargaremos de eso —habla Federica, señalándome al referirse a mí.

—Una cosa, Federica —digo, acercándome a ella. No se acongoja ante mi cercanía y me mira directo a los ojos, tensando la mandíbula—. Soy un Díaz y con chasquear los dedos puedo hacer que te despidan. Así que trátame bonito, boss. O este será el último trabajo de pastelería que tendrás. Recuerda que compartimos cargo.

—No compartimos cargo, ¿sabes por qué? Porque estás a prueba y si no lo estuvieras, seguiría sin ser compartido porque yo sigo siendo la chef. ¿Quedó claro o tengo que hablarte en otro idioma? —pregunta.

—Mira, Federica…

—Mmhum —me interrumpe, alzando una esquina de su boca en una sonrisa arrogante—. Sigue con ese comportamiento, Díaz. Quedará increíble en tu hoja de observación. Creo que tienes los días contados, niño bonito.

Sigue de largo, quitándose del rostro un cabello rebelde que se escapó de su gorro. Su hombro choca con el mío y yo la observo de reojo, apretando mis puños con fuerza.

¡Maldita sea!, pienso con irritación.

Que ni crea que esto va a quedarse así.

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