Él se congeló por un instante; luego, esa misma media sonrisa siniestra volvió a su rostro.
—Da igual. Si Ryan se entera, ¿qué? Ya estoy viejo. ¿A qué debería tenerle miedo?
Su voz era baja y fría, y cada palabra calaba hondo en mi interior.
Empujé su mano con todas mis fuerzas y grité:
—¡Aléjate! ¡No me toques!
Mi voz temblaba, cargada de terror.
La fuerza del agarre de Victor me sorprendió. Una mano se cerró sobre mi boca mientras la otra intentaba someterme.
—Eres mía —gruñó, con la vo