—Me preocupo por ti —dice.
Me río. Voy al lado del conductor de mi auto y busco a tientas mis llaves.
—Apenas puedes caminar —me dice—. Déjame llevarte a casa. —Tiene razón.
—Está bien —digo con un poco de enojo. Me tambaleo hasta el lado del pasajero de su auto y me subo.
Él entra y enciende el auto.
—¿Te hacen daño? —pregunta en voz baja mientras sale del estacionamiento.
Me siento insultada.
—No, me cogen. Y me encanta. Ya sabes que me encanta ser acompañante. —Aprieta los labios.
—¿Hay algo