—Lamento lo de antes —dice en voz baja—. En mi oficina. Lamento ser un pervertido.
—Está bien —le digo—. Yo también soy una pervertida. Ahora me masajea los pechos con más fuerza.
—Te amo, Erica.
—Yo también te amo, Bill —le digo. Me distraigo con su roce de mis tetas. Empiezo a gemir.
Me masajea con más fuerza. Empiezo a jadear. Siento que su pene se pone duro debajo de mí.
—Papi —digo sin aliento—, ¿me chuparías las tetas?
Rápidamente me da la vuelta y me coloca encima de él, levantando mi to