—No volveré a tener sexo contigo, jefe.
Ella lo dijo como si lo estuviera castigando, como si fuera una orden para su propio corazón.
Giorgio ladeó una sonrisa fría, apenas, una sonrisa que no decía "me dolió", decía: "qué adorable que intentes fingir".
Pero no respondió a eso, no la contradijo, no se burló con palabras, simplemente caminó hacia el armario con calma, como si esa conversación no fuera importante para él.
—Toma una ducha —dijo ese hombre, con voz tranquila, práctica—.