Cuando Analía despertó, lo hizo despacio, tranquila y en calma. No le dolía nada y se sentía llena de energía. Abrió los ojos y se encontró a sí misma en una pequeña cabaña. La hoguera crepitaba en la chimenea y, a través del cristal de la ventana, se veía cómo la tormenta arreciaba sobre el lugar.
Estaba cubierta con una sábana hecha de pieles suaves, como de conejo, desnuda y lo primero en lo que pensó fue en Salem. Buscó su conexión con el hombre, pero no la encontró. Su mente y su cuerpo es