Amara permaneció una hora entera frente a las frías puertas de acero de la prisión, con el corazón latiendo con fuerza pero sin atreverse a cruzar ese umbral. Cada instante parecía una batalla interna entre el miedo y la necesidad de enfrentar a su padre. Finalmente, reunió valor y atravesó la entrada. El estruendo metálico al cerrarse tras ella resonó como un anuncio ominoso, un golpe seco que se coló por los interminables pasillos grises y austeros.
Sus pasos, firmes pero cargados de pesadum